Cualidades de un mal novio

El equilibrio y el respeto son las piezas clave para una relación sana, cualidades que tu novio(a) tiene. Para él(ella) es importante tu libertad, tu desarrollo personal y tus alegrías (aunque no sean siempre con él-ella). 10 cualidades de un buen novio. ... Buen compañero: está del lado de la mujer y es leal, y en cualquier discusión, conflicto o mal entendido con otros, la apoya y defiende. 9. Hombre y niño a la vez: que no sienta que es ridículo jugar como niños o hacerse cosquillas o perseguirse; sino que le guste esa área lúdica de la pareja. ... Sorprendentemente sus ideas no distan mucho de lo que nosotras queremos, y para que te des mejor una idea, aquí te dejamos 31 características de un buen novio, según ellos: 1. Respeta su novia. 2. La sorprende con flores. 3. Siempre le pregunta cómo fue su día. 4. Nunca es demasiado celoso (sólo un poco, para que ella sepa que él la ... Feliz Cumpleaños para un Hombre Maravilloso Mi Amor Eterno UN HOMBRE MARAVILLOSO NUNCA TE CITES CON UN HOMBRE QUE… Image courtesy of Emily Roesly 35 Cualidades de mi esposo que las declaro en FE. Cosas que quiero tenga mi esposo, mi novio. ¨Características, virtudes que quisiera ver en mi pareja. No se trata de que te conviertas en una arribista, pero puedes aprender un par de cosas de una chica mala. No tienes por qué siempre conformarte con poco, es bueno que tu novio sepa que te gustan las cosas caras y se atreva a consentirte. Mereces más que un simple «gracias» por todas las cosas que haces por él. Atrévete a pedirle más. 12. En esta ocasión hablaremos de las 12 cualidades que tiene una mujer a la que un hombre nunca debe dejar ir. Si lo hace, créeme que lo lamentará para siempre. ... Una mujer inteligente en la vida de un hombre hará que su ego tenga un propósito, una dirección y la sabiduría para no tirarlo todo por la borda. ... y te dice cuando estás mal ... Compromiso. Encontrar una persona que nos asegure su compromiso con nosotros y con la relación es indispensable para sentirnos seguros y para confiar en lo que se está viviendo. La fidelidad, la confianza, el ver que existe un compromiso emocional con nosotros y que somos el centro del interés de la otra persona y de sus proyectos de futuro es imprescindible para sentirnos bien y ser felices. De hecho, te mostrará un lado de la vida que nunca habías visto. Conozco personas que nunca hicieron parapente, anduvieron en moto o fueron a la ópera hasta que conocieron a su novio. 8 Y si quieres saber cómo recuperar a tu novio en 7 días no dudes en perder esos kilitos de más. Apúntate a un gym y comienza a darle movimiento a tu cuerpo. Esto, aunque no lo creas, va a mejorar muchos aspectos de tu salud física y mental, además que le demostrará disposición de cambiar algunas pautas en tu vida. Toda pareja necesita tiempo de calidad, pero asegúrate de que la frase “tiempo de calidad” esté bien aplicada, es decir, que no sólo disfrutes tú, sino también tu pareja. Salir a socializar o pasar un rato con los amigos es siempre divertido, pero también es agradable estar a solas acurrucados, viendo una película o teniendo una ...

Porqué si funcionó.

2020.06.04 11:59 DanteNathanael Porqué si funcionó.

He estado preguntando y realmente poniendo énfasis en conectar más con las personas, en ver cómo es que proyecto cada pequeña cosita que me falta, cada necesidad, cada esto, cada el otro. Podría hablar de esto por mucho tiempo, tratando de convencerte, pero no quiero convencerte, no quiero demostrarte nada, lo único que quiero es que no te mortifiques creyendo que lo que hiciste no puedo verlo como lo correcto.
Entiendo que no quisiste nada más conmigo por tus propios "problemas," no por mí, no porque no valiera, no porque fuera un mal hombre, si no porque simplemente sabías que te quería mucho y que tú no me podías corresponder por todo lo que pasaba en tu preciosa cabeza. No podías decirlo porque lo tomaba en contra de mí, no podías pedirme nada porque ya estaba hasta casado contigo. Sabías que mi dolor porque no me podías amar era mucho, sabías que todo lo que hacía era de alguna manera un esfuerzo para convencerme de otra cosa. No querías hacer nada más que protegerme de "ti," que me dejara de hacer daño por ti.
Hiciste un buen trabajo. Te mereces el cielo por tal fuerza para poder decir que no. Yo nunca lo hubiera hecho así como estaba. No tomes a mal el que diga que el que no me correspondiste fue lo mejor y más doloroso que me ha pasado. Es por la misma razón de que fue un total desastre que es lo más valioso que me ha pasado, porque mírame, ¿de qué agujeros tuve que sacarme para poder ver todo esto bien? ¿para poder hacer lo que tanto insistias en que cambiara por mí y para mí? No imagino el dolor que sentías al decir eso sin saber si tú podrías hacerlo. Nunca pude reconocer que también querías una relación, querías ser mi novia, querías ser mi esposa, todo eso, pero llegó un momento en el que te diste cuenta que no . . . pero aún así diste tu todo para de alguna manera decirme "Dante, no puedo amarte. Lo intente pero no pude. Por favor, no te hagas más daño creyendo que tú eres el que está mal."
Bueno, si, yo tenía demasiadas cosas mal, pero aún así tu veías por encima de ellas al potencial en mi persona. . . . Lo único que querías obviamente es que fuera feliz. . . . ¿Cómo pudiste? ¿De dónde sacas tanta fuerza? ¿Cómo es que tienes un corazón tan grande como para poder alejar a quien quieres por su propio bien? No, no puedo . . . no puedo dejarte así. Pero no puedo hacer nada más que pedirle a Dios que te ayude. Mi desesperación era tanta por ayudarte, por verte bien, que incluso empecé a faltarte al respeto. A ti, a tus amistades, a tus costumbres, a todo, nadamás para encontrar una manera desesperada de ayudarte.
¿Recuerdas ese día que estábamos llorando en el hotel? ¿como tu llorabas porqué me fuera y yo lloraba por quedarme? Dios. ¿Eso se lo has contado a alguien? Yo no había podido porque era muy triste, es muy triste.
Mi obsesión por ti no venía tanto de tu cuerpo, no venía tanto de las veces que hicimos el amor, no venía de las nudes, no venía de las promesas, no venía de los días que estábamos bien, no venía de los besos, venían de mi puta necedad de verte bien, de sanarte, de ayudarte, de no dejarte sola. Esto es algo muy bueno, siempre ha sido mi personalidad . . . pero así, incluso una virtud se vuelve tóxica. Y yo me volví muy muy tóxico. ¿Te lo había dicho, no? ¿que esperaba sanarte para que me sanaras tú? Ja.
Una imagen horrible ha venido a mi mente para ilustrar lo que pasaba: imagina a una madre que trato de querer a su bebé, que realmente no lo pidió, no lo esperaba, pero aún así trato de cuidarlo lo mejor que podía. El bebé lloraba porque quería a su madre, quería el cariño de mamá, pero mamá estaba muy llena de otras cosas como para poder darlo. Con el paso del tiempo, el bebé empezaba a culpar, golpear y resongarle a mamá porque no podía darle cariño, pero lo que el bebé no veía era que mamá estaba haciendo todo lo posible por hacerlo. Eventualmente la relación de mamá e hijo se fue llenando de rencores, ambos no podían ver la verdadera intención del otro, cada quien trataba de hacer un bien a su manera, y a la más mínima provocación explotaban en ira o depresión. Mamá se guardaba todo, pero lo sacaba a escondidas, mientras que bebé lo gritaba por toda la casa. Al final, mamá dió en adopción a bebé. Lo sacó de la casa casi sin ningún aviso. Afuera, bebé se dió cuenta de que no era un bebé, era un hombre poseído, ciego, tóxico. "Bebé" entonces intentó entrar de nuevo a casa, pedirle perdón a madre, pero ya era muy tarde. Madre había tomado su decisión. Por supuesto que mamá quería abrazar, salir a recibirle, pero esto sería dañino para los dos, pues "Bebé" esperaba que, al ser un hombre ya, encaminado, pudiera estar con madre, pero nada de eso era cierto, porque nunca fue cuestión solo de él, también estaba ella, y él siempre lo olvidaba.
Pero la mente, con sus "y si," trata de defenderse. No se cuántas veces he visto algo y me he tenido que aguantar las ganas de enseñártelo, de contarte de esto y el otro, de lo que aprendí, de lo que estuve pensando en (y no se diga de todas las imágenes de amor sexual). Pero todo, específicamente las últimas, no se siente bien. Mi lógica dice "pero podemos seguir haciendo esto, ¿no? Lo hacíamos muy bien." Amaba . . . ¿amo? cada parte de tu cuerpo y de todo lo que hacíamos. Estaba en éxtasis en cada minuto. . . . Pero no, por una parte, se me hace irrespetuoso, tanto por lo que has (¿hemos?) decidido, como porque no me gustaría ser simplemente "amigos" con derechos, y esto último no es de lógica, es de sentir, es de valor, eres muy valiosa como para no ser pareja y seguir haciendo esas cosas, como para escribir sobre ti, como para irme a dormir con una imágen tuya de mi galería, como si fueras alguien que se presta para esas cosas. Así que ese día te hice caso y borre todas las fotos. Entendí la profundidad de mi acto, lloré por todo el rato que lo hice, pero sabía que era lo mejor. Terminé temblando, queriendo recuperar todas las fotos, pero me contuve y me he contenido.
Como dije, estuve preguntando. Pregunté cuál era en la opinión de ellos lo que hacía bien y lo que hacía mal, el cómo podría crecer como persona y como hombre. Y las junte, no las comparé, las junte con las mías para crear un plan. El propósito de esto era obviamente no solo el asimilar mis malas cualidades, pero también las buenas, y desarrollarlas. Ahora tengo algo que seguir bien: ejercicio, leer, trabajar, estudiar, escribir, bailar, conectar más con las personas, darme a conocer, aprender a socializar más, dejar de encerrarme en mi burbujita, tener los huevos para aprender, para no ser bueno en algo a la primera y aceptarlo y seguirlo haciendo hasta que sea mejor, y el desarrollar mis fortalezas y fortalecer mis debilidades, aceptarlas como parte intrénsica de mí.
Una de ellas me dijo que si solamente hacía esto por ti, por la esperanza de que algún día regresáramos o verme con bien ante tus ojos. Y quizás así sea, pero no necesariamente . . . porque lo que hago honor a es a tu cariño, a tu "sacrificio," a tu voluntad, que es mi voluntad para ti y mi voluntad para el mundo—que es que todos sean escuchados y a través del apoyo solucionen sus problemas. Me diste una parte de tu alma, un fragmento de esperanza, y ahora la llevaré conmigo toda la vida, estés ahí o no.
Claro que te voy a recordar de vez en cuando. Voy a hablar de ti, historias con los amigos, chistes con Omar, personas que me van a preguntar por ti. Y todo eso está bien. Todavía me duele de vez en cuando, pero me gusta, sabes, porque significa que si te quería y no solo eras un capricho. Eventualmente estas cosas se van a ir calmando, pero eso no significa que vaya a seguir haciendo lo que hacía, el hablar de ti desde un punto de vista berrinchudo. Hacer espació para mí en mi vida es hacer espacio para ti y para todos.
Habrá momentos en los que quizás el dolor ses insoportable, como lo fue cuando regresamos del paro. Pero no por eso me dejaré caer como lo hacía. Ahí tenía miedo, porque pensaba que nadie más me iba a querer, que tú eras mi última oportunidad o algo así. Y por eso es que di mi todo para no verte. . . . No funcionó. Jajaja. Pero tienes razón, eres la única que realmente se ha preocupado siempre por mí en todo, a pesar de que no quiera verlo. Quizás no me diste el amor que fue prometido/inferido al principio de todo, pero me diste a pesar de eso tu vida, un cachito, y eso es tan valioso como el anterior, porque al final todo funcionó y ahí voy, creciendo, un poquito inseguro, un poquito de lado, pero ahí sigo y seguiré. No aventándome a la primera, no huyendo, no diciendo "ay, ya no lo voy a hacer." Es todo a la vez.
Y como tal, es hora de las disculpas.
Discúlpame por nunca entender que no se trataba de mí, se trataba de lo que pasabas.
Discúlpame por asumir que tenía que ser mejor para estar contigo, arruinando todo lo bueno que ya tenía, cuando lo único que debía de hacer era entenderte, darte tu tiempo, tu espacio, no necesariamente regresar, no amarnos, no ser novios después, si no el apoyarte como desde un principio lo quería, como los amigos que éramos al principio.
Discúlpame por haber sido tan ciego a mis propias ilusiones que no vi que te estaba dejando sola en lo que realmente importaba.
Discúlpame por haber tomado tanto tiempo. Tenías demasiada razón en que no podía hacer nada por nadie si no hacía algo por mi primero. . . . Lamentablemente, creo que ya es muy muy tarde para ayudarte realmente, para darte apoyo. . . .
Discúlpame por creer que necesitabamos arreglos, que estábamos mal, que estábamos solamente descompuestos. No, solamente estábamos (o estamos) pasando por momentos que nos tenían mal.
Debí de detenerme al decirte que me gustabas y ver que no estabas bien, dejar de ser un total pendejo tóxico e infantil que creía que era que solamente no me querías . . . cuando tú si pudiste dar un amor que iba más allá del mío.
Y si, de alguna manera, ahora puedo amarte, no para estar junto a ti, no para esperarte, no para . . . para nada, solamente para amarte, para darte apoyo incluso aunque no hablemos, incluso aunque no nada.
Discúlpame por reaccionar tan negativamente a lo de Carmona. Mi ego me super dolía. Odiaba a ese hijo de perra, porque según yo, énfasis en según yo, nadamás te quiere cojer, y no sería muy bueno para ti, pero igual, te atrae, te gusta mucho, ¿yo qué? A mi también me gustas, pero eso no me da derecho a nada. Todo lo que pasamos no me da derecho a nada. Incluso si te lo cojes no debería de enojarme, porque no eres mi novia, nunca lo fuiste, nunca hubo una relación real, lo intentamos, pero no funcionó, porque pues no. Pero lo que si funcionó es esto. . . . Confiar en ti, haber dejado de esperar cariño romántico, lo que fuera, y solamente ser un buen amigo, como lo era al principio. . . . Te quiero muchísimo. Quisiera regresar el tiempo y decirte que me gustas, pero que entiendo porque no quieres una relación. Pero lo único que puedo hacer ahorita es seguir creciendo, y de cualquier manera que pueda, darte todo mi apoyo, incluso si ese apoyo es alejarme, dejar de hablar de ti. . . .
Gracias por absolutamente todo. Me has hecho una mejor persona. Te amo, te quiero, te todo. Jajaja. :C
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2020.05.19 00:21 DanteNathanael Una karta sin entregar #6.2

Estaba hablando con un amigo y olvide puntos importantes sobre amar a alguien.
Es cierto, hasta cierto punto, que no puedes amar propiamente a alguien hasta que te ames a ti mismo. Pero también añadiría el que sin amor propio, "nadie" te puede amar. Podemos ir por la vida diciendo que "ay, pero si soy esto y soy el otro, soy todo lo que las personas quieren ¿por qué no me ven que estoy aquí?" Bueno, por el simple hecho de que esa persona no está valorando ni siquiera eso, sabe que lo tiene, pero no lo valora, al contrario, lo devalúa, lo tira por la borda y empieza a buscar otras alternativas que cree si sean valiosas (estar mamado, tener dinero, tener estatus social). Esto es literalmente la historia de Caín y Abel. Esta historia me gusta conorenderla como el asesinato arquetipico de nuestra buena voluntad por dar lo que damos y valoramos de nosotros de manera estúpida y sin apreciación por parte nuestra. (Gracias Jung, Peterson y Goddard.)
No, please, stop it, get some help. ¿De qué sirve que la sociedad lo valore si tú no lo haces? Literalmente podríamos llenar la lista de cualidades que se buscan más en una relación, y no tener una, ¿por qué? porque esperamos que alguien más lo valore por nosotros.
Hay una gran diferencia entre ser creído y humilde—consta en la manera en la que usamos las cualidades que valoramos tener. Si valoramos nuestra inteligencia, pero la usamos para sobresalir sobre otros para dejarlos en ridículo, somos creídos. Si la usamos para aprender más y enseñar, somos humildes. Estas cualidades van a verse sin que las digamos, por lo que tener que remarcarlas también es una señal de que no está completamente integrada a nuestro ser.
¿Entonces esto se basa en integración? Sip. Neuropsiquicamente diría que es la integración de los complejos presentados por los arquetipos (la asimilación de valores y cualidades a partir de una símbolo que lo represente—digamos como si quisiéramos ser como papá y no solo lo imitaramos, fuéramos papá por un tiempo, y ese ser es lo que nos "desbloquea" las habilidades que tiene papá, que no son de papá, si no de la idea de lo que es un papá, y del cual nuestro papá es también una representación de (no es fake it till you make it, es ser (Piaget fue el que descubrió este mecanismo. Puede verse en Juego, Sueño e Imitación en la infancia )) de la personalidad a la consciencia, en donde el ego puede acceder fácilmente a ella y presentarlo como una persona o como nuestra personalidad total (es decir, una vez que ha sido integrado y somos "como papá," podemos serlo cada vez que sea necesario o queramos. Persona es latín para máscara.)
El querer aquí es lo deseable. Muchas veces somos lanzados a representar un símbolo que no es deseable para nosotros. Como lo que pasa cuando nos ponemos todos pedos y parecemos otra persona. Esto se llama una neurosis, una incisión/separación entre los elementos de nuestra propia psique, porque no hemos integrado esa parte—que es totalmente nuestra y nuestra responsabilidad—a nuestro poder consciente.
Esto es lo que pasa cuando me ponía celoso (sip, he estado hablando de mí todo este tiempo), me veía aventado a representar el arquetipo del amor en su polo negativo cuando había algo que aparentaba amenazar con quitarme mi objeto de amor. ¿Por qué? Porque simplemente no me valoraba para nada como persona. Creía que era alguien a quien siempre dejaban, a quien siempre le mentían y blabla (y lo hicieron, gracias por cumplir mi profecía (gracias a cosas así es que uno sé da cuenta que realmente es responsable de todo lo que le pase hasta cierto punto)((me acorde de un meme) gloo-gloo)). Por supuesto que era una amenaza para mí, porque ¡era un pedazo de mierda sin valor! Ustedes podrían decirme "pero Ángel, no lo eras." No, si lo era, porque ustedes no podían ver lo que estaba pasando en mi mente.
Y la pregunta entonces es, ¿cómo es que llegué a eso? Muy fácil: imitación (las neuronas espejo son una maravilla). Mi mamá y mi papá eran celosos. Crecí viendo telenovelas. Nunca tuve un arquetipo representado en mi vida de lo que era un amor bonito. Todo se basaba en fuerza, en hacer y conquistar. Por esto es que no me quería acercar a Nathan precioso sin estar bien. Los niños no solo entienden lo que pasa, lo imitan, especialmente si son sus padres. Así que cuando nacemos no solo ya venimos con lo nuestro, también somos bombardeados con todas las imágenes que vemos, y, si, aprendemos del ejemplo. Las palabras que nos digan son tan vanas como no decir nada cuando el mensaje que leemos en el comportamiento y "aura" de alguien es absolutamente lo contrario a lo que nos tratan de enseñar. Y recordemos que aprender es simplemente pasar conocimiento, del cual abstraemos modos de actuar frente a diferentes situaciones. Así que si aprendimos que el amor se defendía a fuerza bruta, y todavía de eso andamos sin amor propio, puta, que ganga.
Bueno, y aparte, ¿cuándo imitamos realmente eso? Yo, por ejemplo, me volví así en mi primera relación, pero después de un tiempo. ¿Acaso ensaye peleas y escenas en donde tenía que defender a mi objeto de amor de algo ajeno a mí? Sip: en mi mente. Y podríamos decir "oh, ¿pero la mente qué tiene que ver? Todo es imaginario." ¿Enserio? ¿Los celos no son totalmente imaginarios al principio? ¿Cuál es la memoria más vergonzosa que recuerdas? si la recordaste bien, probablemente tuviste una reacción corporal. Nuestra mente y lo que pase en ella es más real que lo que consideramos real, pues trasciende espacio y tiempo. En ella todo existe como un ahora. Es por esto que el futuro parece tan imposible y el pasado tan cómodo o doloroso. Podríamos decir que el futuro y lo que vamos a hacer nos causa ansiedad porque solo lo podemos imaginar, y en nuestra mente vemos todo desde el ahora, por lo que nos enfrentamos a un posible futuro con las herramientas del ahora—viendo cómo fallamos, o cómo no sabemos qué hacer, esto nos causa ansiedad y miedo para avanzar. Pero, recordemos, el tiempo es una ilusión desde el punto de vista de la mente. Si en la realidad física nos preparamos todos los días, el futuro se va a volver más claro, porque lo vamos a atacar desde un ahora en donde estamos más preparados. Es por esto que un objetivo y un significado nos impulsa a través del tiempo para lograr algo que al principio quizás no sabíamos podíamos llegar a ser.
Y, bueno, lamentablemente lo mismo pasa con la negatividad.
Ya eres eso que quieres ser, y tu negación a verlo es la única razón por la que no lo ves. —Goddard
Después de todo eso, quiero volver a retomar el tema de ayudar a alguien—recuerden que siempre es con que lo pidan o acepten la ayuda.
Es como cualquier terapia, no tomas el dolor de alguien más y lo haces el tuyo, en su lugar, tomas su dolor y aprendes de él. Al aprender de él, aceptamos lo que está pasando. ¿Aceptar? Si. Nunca hay que negar lo que está pasando, nunca hay que decir que no existe o que nosotros podemos quitárselos. Jajaja. Reconocer la situación es el punto de partida para la sanación. . . . ¿Aceptar? Si, es muy necesario porque así no juzgas a nadie. Lo que nunca, por amor de Dios, nunca debemos hacer al ayudar a alguien es ayudarle en un espíritu de burla o de enojo o de asco o de rechazo, siempre debe de ser uno de amor. Y el amor es aceptación. . . . ¿Pero la aceptación no sería cimentar todavía más el problema? Nah. Recordemos que el tiempo es una ilusión en nuestra mente. Lo que finalmente queremos hacer es ayudar a esa persona a que haga las paces con su malestar, y que con sus propias fuerzas y sus propios méritos decida lo que quiere hacer. . . . ¿Y qué hacemos al ayudar? Amar, pues. No vamos a saber lo que vaya a necesitar o pedirnos esa persona porque simplemente no somos ella. Por lo que siempre hay que estar dispuestos y atentos, recordar que estamos ahí para ellos. Y que cuando lo estemos, no los juzguemos. Puede que caigan mil veces, pero las mil veces no serán desde cero, serán desde donde se cayeron la vez pasada. Paciencia, dedicación . . . amor.
¿Y si nosotros somos los que necesitamos la ayuda y no hay nadie? Bueno, bienvenido al club. Para empezar, no nos hace mejores o peores el sanar solitos. Lo que importa es sanar.
Ahora, lo que yo hice es darme bonitas palabras y amor a todo lo que si hacía bien, e ir restándole importancia a lo que hacía mal para irlo cambiando. Reconocí mi valor como persona. Me amé a mi mismo, y lo hago un poquito cada día. Deje también de buscar confirmación de esto, pruebas, en el mundo. Generalmente puede que pensemos que las cosas van a reflejar el cambio de manera automática. No. Pero lo que si es automático es nuestra forma de percibir esas cosas. En mi caso, los celos todavía no están erradicados, pero están mucho mejor de lo que estaban. ¿Exactamente cómo? Pues con mi valor propio igual.
No hay nadie a quien cambiar en el mundo más que a uno mismo,
dice Goddard. Y es verdad. Si queremos cambiar una actitud a la cual parecemos siempre estar expuestos a, cambiamos algo dentro de nosotros. Luchar contra el mundo es luchar en vano. De nuevo, tomemos el reflejo desarreglado en el espejo, no arreglamos el reflejo o el espejo, arreglamos lo que está siendo reflejado, a nosotros mismos. Les contaré una historia.
Mi última relación oficial fue con una chica llamada Dariana. Éramos super super tóxicos, celosos, nos enojábamos a lo wey, nos emputábamos con mensajes inexistentes, nos hacíamos el feo porque simplemente nos vieran en la calle y—esto yo no lo hacía—me provoca celos intencionalmente. Jajaja. Si, me engañó. ¿Y luego saben qué pasó? el sueño de todo preparatoriano promedio: volví con ella después de 3-5 meses de depresión. ¿Por qué? Varias cosas: tenía miedo a que nadie me iba a querer así, todo celoso, todo tonto, todo estúpido y sin autoestima; debido a eso, a que no tenía autoestima, creía que era mejor volver a su amor, con todo y toxicidad, porque era mejor a no tener amor; y también porque pues sexo.
Hicimos muchas pendejadas, creíamos que habíamos reiniciado la chispa del amor. Pero no. Jajaja. Solo estábamos calientes.
Y bueno, el chiste que nos separamos ya bien. Ella siguió su camino, yo el mío. ¿Qué aprendimos de ahí? Ella mucho, yo apenas. Jajaja. Ya tiene más de un año con su novio. Yo me la seguí pasando de idiota y miedoso. Y lo reconozco, si lo fuí. Mi vida sería una maravilla ahorita si me hubiera aventado este proceso a la par de ella.
Hace unos meses hablamos, me preguntó que cómo estaba. Platicando más me dijo que lo que había aprendido cuando salió de nuestra relación, después de volver, era a quererse a sí misma y dejar de ser una celosa. ¿Hubiéramos vuelto si hubiera avanzado yo también? Probablemente. Pero no fue así. Y estoy feliz con que sea así. Ella conoció a alguien más apegado a lo que ella quiere y yo también.
Esto prueba que el pasado es un lugar lleno de mentiras. Las cosas avanzan. Si vamos a llevar algo de él al presente, sera mejor que llevemos lo mejor, sea física o mentalmente.
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2017.08.15 07:49 Subversivos .........Y mato porque me toca.

El relato del crimen que transportó a este país hacia las regiones mentales más frías de los asesinos anglosajones en serie comienza cuatro años antes del 30 de abril de 1994, noche en la que un estudiante de tercero de Químicas, de 22 años, y otro de tercero de B.U.P., de 17, eliminan a un hombre con 20 puñaladas porque lo exigía el guion del juego que ellos mismos inventaron.
LOS SUCESOS DE EL PAÍS ... Y mato porque me toca Los reportajes y ensayos de esta veraniega serie han sido extraídos del libro Los sucesos de EL PAÍS, publicado en 1996 como parte de la conmemoración de los 20 años del diario, lanzado el 4 de mayo de 1976. Históricas firmas del periódico, como Rosa Montero, Juan José Millás o Jesús Duva desmenuzan algunos de los crímenes que han marcado la reciente Historia de España, de la matanza de Atocha al crimen de los Marqueses de Urquijo.
Cuatro años antes de aquella madrugada, en un campo de fútbol del barrio madrileño de Chamartín, Félix Martínez, un niño de oc­tavo de E.G.B., se embelesa con los gritos desde la grada de un chaval cinco años mayor, ojos azules detrás de gafas gruesas, metro noventa sobre el nivel del suelo, moreno y desgarbado en el andar. Félix se le acerca creyendo que declama nombres de personajes del juego del rol, el invento que surgió a finales de los sesenta en Estados Uni­dos y conquistó en forma de negocio las papelerías españolas en la década de los noventa. Varias fichas, un tablero, una historia inven­tada y unos roles, interpretaciones o arquetipos que se adjudica a ca­da participante. Inteligencia, fantasía y tiempo libre para probarlas. Ordena y manda la figura del rol master.
A Félix no le gustaba ningún deporte, ni siquiera le apasionaba el cine, ni las chicas –su primera relación amorosa la tendría dos años después–, ni las motos, ni la ropa, ni los estudios. Tan sólo leer, a ser posible historias paranormales, escribir poemas y jugar al rol.
Félix se iba a llevar una sorpresa. Allí tenía un posible compañe­ro de Rol gritando aparentemente nombres de personajes. ¿A qué es­peraba para conocerlo? El chico de E.G.B. aborda por fin al miope de ojos azules y le pregunta si también sabe jugar al rol. Dos trage­dias se dieron la mano.
MÁS INFORMACIÓN ... Y mato porque me toca Todo lo publicado en El País sobre el caso 2008: Javier Rosado, el asesino del rol obtiene el tercer grádo 1999: Félix Martínez se rehabilita en un piso de estudiantes La de Félix, fácil de resumir: nunca tuvo hermanos, su padre ge­nético murió drogadicto y enfermo de sida cuando el niño cumplía un año, la madre mexicana, también drogadicta, conoció a su padre adoptivo cuando el chaval cursaba segundo de E.G.B. y se separaría cuatro años más tarde. Félix conocería entonces el cariño incondi­cional del nuevo padre y el desbarajuste colegial de todos los maes­tros por los que iba pasando, ya fueran de Madrid, Ibiza o La Rio­ja, según adjudicaran su estancia al lado de la madre o del padre. «Nunca hubo paz, eso no era una familia», confesaría el chico. La madre muere también de sida dos años antes del crimen y dos años después del encuentro con Javier en el campo de fútbol.
Félix, un carácter inseguro, nunca líder ni siquiera de sí mismo, lector empedernido, conoce en aquel campo a otro lector más empe­dernido, un fulano con una seguridad en sí mismo extraordinaria, alguien con frases del tipo «las mejores drogas están en la cabeza de uno», solitario, bien educado, taciturno y didáctico: Javier Rosado Calvo, vecino de Félix en una calle de Chamartín donde los pisos de cien metros cuadrados cuestan hasta 30 millones de pesetas de los años noventa. El del padre adoptivo de Félix, empleado en una empresa de máquinas tra­gaperras, era tan sólo alquilado.
Javier gritaba en las gradas varios nombres pero, para sorpresa del chiquillo, aquel tipo encorvado no sabía jugar al Rol. El chasco duró sólo un segundo, porque las palabras del otro llevaban un significado aún más atractivo y profundo que el del simple juego: eran nombres, pasajes, del gran novelista de literatura fantástica H. P. Lovecraft, el genio de principios de siglo cuyos relatos de tumbas, castillos temblorosos, sueños, monstruos y nieblas llegan cargados de frases tipo: «Los hombres de más amplio intelecto saben que no existe una verdadera distinción entre lo real y lo irreal; que todas las cosas aparecen tal como son tan sólo en virtud de los frágiles senti­dos físicos [...]». H. P. Lovecraft, la pasión confesa de Javier.
«Desde que conocí a Javier y me metió en su mundo», reconoció Félix en sus exploraciones psiquiátricas y psicológicas a raíz del cri­men, «todo cambió para mí, encontré otro tipo de pensamientos le­jos de los vulgares de cada día, cambió mi interior, me entregué a es­te tipo de filosofía que era apasionante, aún me sigue pareciendo apasionante, Javier se convirtió para mí en un ser extraordinario muy superior al hermano mayor que nunca tuve, me dejé arrastrar por él [...]. Al cabo de un tiempo llegué a hablar como él y a hacer gestos como él. Él hablaba mucho mejor que yo, mis ideas me las re­batía con facilidad [...]. Todo el mundo era estúpido para él, pero yo creo que yo para él no era estúpido».
Y Javier, la otra cara de la tragedia, encontró en Félix el público de banderita y trompeta que necesitaba su egolatría, el hermano pe­queño que tampoco tuvo, porque su único hermano, un año mayor, más fuerte, vencedor en las disputas físicas, apenas se trataba con Javier. Félix sería el discípulo predilecto de una filosofía alimentada con cuatro obras de Friedrich Nietzsche, Edgar Allan Poe o Stephen King mal mezcladas y otras tantas decenas seudoliterarias, peor di­geridas.
Durante una convalecencia por lesión en una pierna, Félix le lle­va un juego del rol y Javier aprende a jugar. Al poco tiempo el en­fermo crea Razas, un juego basado en el rol. La humanidad se di­vide en 39 razas o arquetipos que él ha inventariado basándose en personajes y nombres novelescos prestados por Lovecraft. Las razas, diría Javier, son ideas humanas llevadas al extremo. La raza 37 corresponde a los psicólogos, la 25 a las mujeres, la 22 al hombre, la 1 al bien y la 7 al mal. Cuando los psiquiatras le preguntan si jugaba al Rol, hay veces en que Javier llega a enojarse y dice que su juego era mucho más importante que el rol; era Su Obra, una «filosofía total» a la que había dedicado más de mil páginas y de la que espe­raba escribir un libro.
Hasta la noche del crimen, Javier pasa por un tipo normal, sin traumas perceptibles ni siquiera por su familia. Su padre, ingeniero industrial, solía jugar al ajedrez con él, su madre, enfermera, le sa­naba las heridas, y su hermano, compañero repetidor en tercero de Químicas, aseguraba que a Javier le bastaba con asistir a clase para aprobar.
Javier no era un joven de inteligencia superdotada, en eso coinci­den profesores y psiquiatras, pero disponía de la justa para creerse con mucha, para ganar un concurso de ajedrez en la cárcel y no disimular el orgullo o para impresionar a cuatro chavales del barrio menores que él. En los dos primeros cursos de Químicas consiguió seis aprobados, dos notables y un sobresaliente. Un expediente bueno, sin más.
Personalidad, conocimientos y edad suficiente, en cualquier caso, para erigirse en Master, líder de la banda del rol, que entre bromas y veras planeó matar la madrugada del 30 de abril a la primera víctima de lo que iba a ser una serie de crímenes. Los otros dos chava­les, Javier Hugo E. S. y Jacobo P., de 17 y 18 años respectivamente, fueron encausados por conspiración para el asesinato. A Jacobo le preguntó la policía por las normas de Razas y contestó que no había normas concretas como en el fútbol: «Se trata de sobrevivir en un mundo imaginario». Unas veces había que impedir la llegada a puerto de un barco, otras, era preciso destruir una ciudad y en al­gunas ocasiones se trataba de asesinar a alguna mujer que traicionó a su raza. Todo sobre la mesa.
Jacobo declaró que cuando Javier y Félix le llevaron al descampado donde habían eliminado a un hombre y se lo confesaron, él lo tomó como una fantasmada. Javier y Félix se vanagloriaban de aquello y lo equipararon al crimen de las setenta puñaladas, perpe­trado cerca de su barrio.
Empieza el juego
Un mes antes de la noche del 30 de abril, El País publicaba el hallazgo del cadáver de un hombre con unas setenta puñaladas y los ojos sacados. La noticia no causó otro efecto en los presuntos asesi­nos que el de animarles. A partir de ahora el tablero iba a adquirir la forma de toda la ciudad, con sus cuestas, sus descampados tene­brosos, sus personajes hundiéndose en la noche; las fichas serían pu­ñales y para moverlas vendría mejor usar guantes de látex que Ja­vier tomaría de sus clases de prácticas en la facultad; las reglas, sin límite.
Félix contó a los psiquiatras: "Yo creo que todo empezó a pla­nearlo [Javier] con decisión a raíz de un libro concreto de Lovecraft: Ciclo de aventuras oníricas de Randolph Carter, y en especial el capí­tulo "A través de la llave de plata", pasaje en el que un hombre se cansó del mundo y empezó a dedicarse a sus sueños hasta que al fi­nal estos sueños invadieron su propia realidad».
Carlos Moreno, la víctima del asesino del rol Javier Rosado. Carlos Moreno, la víctima del asesino del rol Javier Rosado. La realidad invadida puede ser la de un hombre casado como Carlos Moreno, con tres hijos y amigo de una viuda también con tres hijos, con la que había pasado la noche. Carlos visitaba desde hacía cinco años la casa de su amiga Modesta L., de 51 años, desde las diez hasta la una de la madrugada. Nunca pensó en separarse, ni Mo­desta se lo pidió, ni su mujer ni sus hijos, conscientes de la relación, lo obligaron. Los viernes Carlos salía más tarde de aquella casa y aquel viernes de abril salió a las tres. Si cobraba su nómina de 60.000 pesetas, montaba en taxi hasta la otra punta de la ciudad. Y si no, el búho, que es como se conoce en Madrid a la línea de autobuses nocturnos. La noche del crimen Carlos llevaba las 60.000 pe­setas en el bolsillo, pero optó por el autobús. Y en la parada encon­tró a los admiradores de Lovecraft dispuestos a soñar sus pesadillas.
El crimen perfecto exigía, según Henry, el psicópata de la pelícu­la Retrato de un asesino, un desconocimiento total de la víctima, ningún móvil, nada. Ya lo habían avanzado la novelista Patricia Highsmith y el director Alfred Hitchcock en Extraños en un tren: si un desconocido mata a mi esposa y yo a su madre, nadie ha de sos­pechar nada; en principio.
Así que ahí llegan los dos, Javier y Félix, en busca de una vícti­ma a la que nunca han visto. El escenario no podía ser más propi­cio. Un descampado de risco y pastizal, una casa desvencijada en medio de un llano, de esas que parecen existir sólo en días de vien­to, una luna de miedo y una parada de autobús, como un oasis sin nadie.
Para acercarse a los hechos valga el diario de Javier Rosado, un texto sin precedentes en la historia criminal de España:
«Salimos a la 1.30. Habíamos estado afilando cuchillos, preparán­donos los guantes y cambiándonos. Elegimos el lugar con precisión.»
«Yo memoricé el nombre de varias calles por si teníamos que sa­lir corriendo y en la huida teníamos que separarnos. Quedamos en que yo me abalanzaría por detrás mientras él [por Félix] le debilita­ba con el cuchillo de grandes dimensiones. Se suponía que yo era quien debía cortarle el cuello. Yo sería quien matara a la primera víctima. Era preferible atrapar a una mujer, joven y bonita (aunque esto último no era imprescindible pero sí saludable), a un viejo o a un niño. Llegamos al parque en que se debía cometer el crimen, no había absolutamente nadie. Sólo pasaron tres chicos, me pareció de­masiado peligroso empezar por ellos [...]. En la parada de autobús vimos a un hombre sentado. Era una víctima casi perfecta. Tenía ca­ra de idiota, apariencia feliz y unas orejas tapadas por un walkman.»
«Pero era un tío. Nos sentamos junto a él. Aquí la historia se tornó ca­si irreal. El tío comenzó a hablar con nosotros alegremente. Nos con­tó su vida. Nosotros le respondimos con paridas de andar por casa. Mi compañero me miró interrogativamente, pero yo me negué a ma­tarle.»
Félix no supo explicar después por qué Javier le perdonó la vida. Y el otro nunca lo contó.
«Llegó un búho y el tío se fue en él [...].»
«Una viejecita que salió a sacar la basura se nos escapó por un minuto, y dos parejitas de novios (¡maldita manía de acompañar a las mujeres a sus casas!).»
«Serían las cuatro y cuarto, a esa hora se abría la veda de los hombres [...]. Vi a un tío andar hacia la parada de autobuses. Era gordito y mayor, con cara de tonto. Se sentó en la parada.»
« [...] La víctima llevaba zapatos cutres y unos calcetines ridícu­los. Era gordito, rechoncho, con una cara de alucinado que apetecía golpeada, y una papeleta imaginaria que decía: "Quiero morir". Si hubiese sido a la 1.30 no le habría pasado nada, pero ¡así es la vida!»
«Nos plantamos ante él, sacamos los cuchillos. Él se asustó mirando el impresionante cuchillo de mi compañero. Mi compañero le mira­ba y de vez en cuando le sonreía (je, je, je).»
Félix alegó dos meses después ante la policía que se encontraba algo bebido y que le daba miedo desobedecer a su amigo.
«Le dijimos que le íbamos a registrar. ¿Le importa poner las ma­nos en la espalda?, le dije yo. Él dudó, pero mi compañero le cogió las manos y se las puso atrás. Yo comencé a enfadarme porque no le podía ver bien el cuello.»
«Me agaché para cachearle en una pésima actuación de chorizo vulgar. Entonces le dije que levantara la cabeza, lo hizo y le clavé el cuchillo en el cuello. Emitió un sonido estrangulado. Nos llamó hi­jos de puta. Yo vi que sólo le había abierto una brecha. Mi compañero ya había empezado a debilitarle el abdomen a puñaladas, pero ninguna era realmente importante. Yo tampoco acertaba a darle una buena puñalada en el cuello. Empezó a decir "no, no" una y otra vez. Me apartó de un empujón y empezó a correr. Yo corrí tras él y pude agarrarle. Le cogí por detrás e intenté seguir degollándole. Oí el desgarro de uno de mis guantes. Seguimos forcejeando y rodamos. "Tíralo al terraplén, hacia el parque, detrás de la parada de auto­bús. Allí podríamos matarle a gusto", dijo mi compañero. Al oír es­to, la presa se debatió con mucha más fuerza. Yo caí por el terraplén, quedé medio atontado por el golpe, pero mi compañero ya había ba­jado al terraplén y le seguía dando puñaladas. Le cogí por detrás pa­ra inmovilizarle y así mi compañero podía darle más puñaladas. Así lo hice. La presa redobló sus esfuerzos. Chilló un poquito más: "Jo­putas, no, no, no me matéis".»
«Ya comenzaba a molestarme el hecho de que ni moría ni se de­bilitaba, lo que me cabreaba bastante [...]. Mi compañero ya se ha­bía cansado de apuñalarle al azar [...].»
«Se me ocurrió una idea espantosa que jamás volveré a hacer y que saqué de la película Hellraiser. Cuando los cenobitas de la pelí­cula deseaban que alguien no gritara le metían los dedos en la boca. Gloriosa idea para ellos, pero qué pena, porque me mordió el pulgar. Cuando me mordió (tengo la cicatriz) le metí el dedo en el ojo [...].»
«Seguía vivo, sangraba por todos los sitios. Aquello no me impor­tó lo más mínimo. Es espantoso lo que tarda en morir un idiota [...].»
Carlos Moreno Fernández fue un idiota que trabajó desde los ocho años como aprendiz de relojero, un obrero que con el oficio más que aprendido se quedó en paro desde hacía nueve años y padeció de nervios hasta que su esposa lo colocó en la empresa de limpieza El Impecable Ibérico, probablemente un nombre estúpido también; Carlos Moreno Fernández fue un idiota que no consintió jamás la entrada de un fontanero, un albañil o un electricista en casa porque él solo se bastaba para arreglarlo todo, un hombre idiota que a fuer­za de trabajo había conseguido dinero para educar a sus tres hijos, que sabía cocinar y le encantaba cuidar flores, un hombre que huía de los televisivos «Quién sabe dónde», «Su media naranja» y «Códi­go Uno», porque le parecían «programas para marujas». Un hom­bre. Con sus aspiraciones a corto y largo plazo, sus pequeños y gran­des recuerdos, reducidos a un charco y un bulto entre las piedras.
«Vi una porquería blanquecina saliendo del abdomen y me dije: “Cómo me paso” [...].»
«A la luz de la luna contemplamos a nuestra primera víctima. Sonreímos y nos dimos la mano [...]»
«No salió información en los noticiarios, pero sí en la prensa, El País, concretamente. Decía que le habían dado seis puñaladas entre el cuello y el estómago (je, je, je). Decía también que era el segundo cadáver que se encontraba en la zona y que [el otro] tenía 70 puña­ladas (¡qué bestia es la gente!) [...]»
«¡Pobre hombre!, no merecía lo que le pasó. Fue una desgracia, ya que buscábamos adolescentes y no pobres obreros trabajadores. En fin, la vida es muy ruin. Calculo que hay un 30% de posibilida­des de que la policía me atrape. Si no es así, la próxima vez le toca­rá a una chica y lo haremos mucho mejor.»
Como no había nada que lamentar, sino todo lo contrario, la ha­zaña corrió de boca en boca entre la banda del rol. Así hasta que se enteró un amigo de ellos que se lo contó en confesión a un cura, des­pués al padre, y el padre lo puso en conocimiento de la policía.
Batallones de periodistas y psiquiatras comenzaron sus investiga­ciones. Nunca hasta este entonces se había dado en España un caso semejante.
Pascual Duarte, el genuino personaje de Camilo José Cela, co­menzó sus fecharías porque pensó que la perra le miraba mal. De un tiro la mató.
El ejecutivo rico, vacío y psicópata que protagoniza la novela del estadounidense Bret Easton Ellis narra con algunos años de antela­ción a Javier y con parecida frialdad su asesinato del mendigo: «Luego le corto el globo ocular... y él empieza a gritar cuando le cor­to la nariz en dos, lo que hace que la sangre me salpique un poco». El ejecutivo producto de la ficción contaba con el móvil filosófico de que los perdedores no cuentan en esta vida. El existencialista de El extranjero que inmortalizó Albert Camus en 1942 mató porque le atormentaba el calor, el resplandor insoportable del mar. A Javier y a Félix sólo les movió el juego.
Siete meses después del crimen, Félix Martínez, el compañero del autor del diario, declaró al psiquiatra José Cabreira, del Instituto Na­cional de Toxicología: «Después de leer todos los artículos de prensa que han hablado de nosotros, todo me parece basura periodística exagerada para distraer a la opinión pública de otras cosas más im­portantes. En particular se ha exagerado con el diario de Javier, en el que yo sé que lo que escribió estaba muy exagerado y fantaseado, es­cribió lo que él cree que pasó y en él es donde me inculpa. Además lo escribió muy deprisa, en dos o tres días, enseñándoselo luego a ami­gos comunes».
Javier también culpa a la prensa de su situación. Ninguno de los dos amigos ha hablado con rencor del otro. «Le llegué a idealizar», confesó Félix, «ése fue mi error y otro error, dejarme llevar demasiado». Para después añadir sin reparos: «Me dejé engañar, era cons­ciente de que me dejaba llevar, pero siempre aprendía algo».
Un monstruo
Félix sigue teniendo la impresión de que su amigo era un su­perdotado: «Javier es casi un inútil, alérgico, miope, con diarreas... Tiene de todo, incluso un estómago que es un caso único... Sin embargo en la parte mental es un monstruo... ».
Con un monstruo así era imposible que la policía los descubriese.
La banda confiaba en el Master, aunque no sabían que habían deja­do intactas las 60.000 pesetas en la chaqueta del idiota, con lo cual, la policía empezó a descartar el móvil del robo.
Nada más asesinarlo, Javier dedicó una ficha a Carlos con el nombre de Benito, el mismo que un profesor de Químicas. Lo dibu­jó con su bigote, con la bolsa donde guardaba su mono de trabajo, y puntuó sus cualidades: Fuerza 8, Poder 6, Carisma 4, Inteligencia 6, Tamaño 15, Voluntad 16.
Había que proseguir rellenando fichas, más cadáveres sobre la tumba del tablero, homicidios en serie, con la perseverancia de Jack el Destripador o sus secuaces anglosajones. Cuando fueron detenidos se disponían a salir de nuevo de cacería con los guantes de látex. Pe­ro a sus espaldas olvidaron una cosecha de pruebas. Restos de guan­tes en la cara del idiota, el reloj de Félix perdido en la pelea, el diario, el famoso diario en casa. Cuando la policía detuvo a Javier aún lleva­ba el dedo vendado que aseguró en el diario haberse herido al meter­lo en la boca del idiota. Se encaminaba a la casa de Félix, a veinte me­tros de la suya, con un paquete de guantes en la mano. Félix se derrotó enseguida, lo que en lenguaje policial significa ni más ni me­nos que reconoció todo. Entre sollozos declaró que el plan consistía en matar esa noche tórrida del 5 de junio a una chica y para eso los guantes. Pero Javier no se arredró ni por los agentes de la brigada de la Policía Judicial de Madrid, ni por las pruebas que le colocaban de­lante de su considerable nariz, ni por la lectura en vivo del diario.
–¡Dios mío, no puedo creer que yo haya hecho eso! Tengo la du­da de que sea verdad o ficticio.
–Si a las cuatro de la mañana –le preguntaba el policía– no esta­bas dando 20 puñaladas a un hombre, ¿qué hacías?
–Creo que estaba jugando al ordenador, no recuerdo bien. Después de los agentes llegó el batallón de psiquiatras a la cárcel.
Cada uno con sus entrevistas, con parecidas preguntas y distintas conclusiones. Si estaban locos, ningún crimen podría imputárseles; y si no, la condena sería por homicidio. Psicóticos o psicópatas, ése era el dilema.
Los psicóticos no son responsables de sus actos, los psicópatas, sí.
Los primeros se libran de cualquier condena, los segundos no. En el psicótico no existe conciencia del yo, en el otro, sí.
Los padres de Javier Rosado contrataron los servicios del profe­sor de Psiquiatría Forense de la Universidad Complutense de Ma­drid José Antonio García Andrade. El doctor se quedó extrañado de que su cliente declarase un cariño enorme por su padre, al tiempo que desconocía su edad y profesión. De la madre decía que trabaja­ba de ATS porque de vez en cuando le sanaba alguna herida.
Le confesó a García Andrade que de entre las razas, la que más le ha influido, la que más se asemeja a su persona es Cal, a quien de­finió como «un niño frágil, a veces una mujer rubia, que emana tal sufrimiento que es difícil acercarse a ella, aunque es peor cuando sonríe o tiene la cara machacada». Y aseguró: «Sin Cal yo no sería lo que soy. Con él aprendí a aprender. Lo conocí en 1988; Cal es do­lor; el bendito sufrimiento; ama los cuchillos, los objetos punzantes o cualquier cosa que pueda producir dolor, aunque lo que más le fas­cina es el dolor del alma».
De Cal aprendió Javier su simple teoría sobre la vida: «Aprender a usar el dolor es disfrutado como el placer. El dolor de los puntos de sutura que me dieron en la rodilla cuando tuve un accidente es mayor que el orgasmo con una mujer. El dolor es mejor que el pla­cer y más barato. La gente confunde al cenobita con el masoquista, pero no son lo mismo; éste disfruta siendo humillado y al someter­se, pero el cenobita disfruta al sufrir, porque con el dolor saca conocimiento. Cal dice que cometió el crimen del que se me acusa. Lo ha­ce para dañarme, para enseñarme, para causarme pena, desespera­ción, pero Cal no mata, sólo tortura».
¿Loco o actor? El 8 de octubre de 1994 le reveló a García Andra­de que el primer golpe a la víctima fue con un cuchillo pequeño de conchas naranjas. Le dio en el mentón y en la cara anterior del cue­llo y señaló el movimiento de su víctima bajando la cabeza hacia el tórax. García Andrade le hizo ver que este dato no venía en los pe­riódicos. Javier sintió miedo por primera vez, al menos, eso es lo que el forense contratado por su familia reseñó. «Estoy al borde de la lo­cura, necesito ayuda», cuenta el psiquiatra que dijo Javier, «es ver­dad, esto no venía en la prensa. Hay veces en que yo no miro, no veo, no siento, no huelo, no me fijo, no es una mente, es una máquina, tienes que hacer una cosa y la haces. Eso ocurrió».
En ese momento de la entrevista solicitó que se le sometiese al Suero de la Verdad, y se sumergió, según Andrade, en una gran an­gustia.
¿Loco o actor? Para el psiquiatra contratado por su familia, Ja­vier está loco, por tanto no se le podría imputar delito alguno. García Andrade sostiene que este chico de «inteligencia de tipo medio, con buena capacidad de abstracción y de síntesis» padece una «es­quizofrenia paranoide, además de personalidad múltiple psicótica y amnesia disociativa». Psicótico pues, sin lugar a la condena, además de esquizofrénico y con problemas de memoria.
Para el doctor, el juego no fue la causa de sus enfermedades, si­no precisamente la máscara. Dos años después del crimen, Javier se­guía jugando a Razas en la cárcel.
Pero el dictamen de García Andrade no era más, ni menos, que un estudio de parte, es decir, algo que había que contrastar necesa­riamente con otros estudios.
La titular del juzgado de instrucción número cinco de Madrid encargó otro informe a las psicólogas adscritas a la clínica médico-forense de Madrid Blanca Vázquez y Susana Esteban.
Cuando Javier les empieza a hablar de su perro Atila dice: «El pe­rro es una magnífica persona, cuando lea la prensa ya sabrá él a lo que me refiero».
Javier se declara ratón de bibliotecas, con más de 3.000 volúme­nes en su casa, y las psicólogas corroboran que el preso cuenta con cierto bagaje de cultura fantástica, pero no sabe quién es Martin Luther King, por no hablar de temas corrientes como ecología o Ter­cer Mundo, de los cuales asegura desconocer todo.
El dilema
¿Loco o actor? El informe de las psicólogas lo califica de psicópata pero... «este diagnóstico implica un trastorno de personalidad que no afecta en absoluto a su capacidad de entender y obrar [...]. El sujeto sabe lo que quiere hacer y quiere hacerlo cuando lo hace». Por tanto, susceptible de condena.
El informe de las psicólogas es bastante más duro que el del psi­quiatra contratado por la familia. Para ellas, Javier Rosado jamás se ha creído ser una de sus razas, sino que las conoce y controla a su voluntad y siempre desde una perspectiva de observador. Y conclu­yen: «Se trata de un sujeto altamente peligroso [...]. Bajo circuns­tancias favorables podría cometer cualquier crimen violento y sádi­co. Odia a la sociedad y a las personas, con las que no se siente implicado más que de forma racional. Busca activamente reconoci­miento social».
Blanca Vázquez y Susana Esteban concluyen su estudio de 21 pá­ginas el 7 de octubre de 1994. Doce días después Juan José Carras­co Gómez y Ramón Núñez Parras, especialista en psiquiatría el pri­mero y médicos forenses ambos adscritos a los juzgados de la plaza de Castilla, presentan a petición de la juez otro estudio sobre Javier de 51 páginas. Ambos análisis, el de ellas y el de ellos, se habían efectuado de forma paralela a petición de la juez y de eso se queja­rían por escrito Carrasco y Núñez al entender que «los retests practi­cados en fechas cercanas pierden fiabilidad».
Unos y otras se encierran con el preso, visitan a sus familiares, analizan sus escritos y, al emitir sus dictámenes, se contradicen. Ca­rrasco y Núñez sostienen que cualquiera de las múltiples personali­dades de Javier «pueden tomar el control absoluto de la conducta». O sea, exento de penas.
Aunque también hacen reseñar los doctores que tanto su madre como su hermano mayor no habían observado antes del crimen nin­gún comportamiento en Javier sospechoso de tratamiento psiquiátrico. Ni alteraciones de memoria, ni manifestaciones de las distintas personalidades, ni soliloquios. Siempre fue muy estudioso, introver­tido y lector infatigable. Nunca pensaron que precisase de psicólogos, aunque una vez en la cárcel comenzaron a verle con trastornos serios en sus visitas.
En una de sus entrevistas los dos psiquiatras llegan a plantearse si Javier actúa en plan estratega, porque alguna vez les había ad­vertido que durante su estancia en prisión iba a resucitar a Wul, el estratega que estaba adormecido, para defenderse así de funciona­rios, médicos y otros presos.
Tras varias horas de entrevistas con el recluso y su familia, tras consultar las más de 1.000 páginas que Javier escribió sobre su jue­go, además de bibliografía y jurisprudencia sobre personalidad múltiple en Estados Unidos, Carrasco y Núñez concluyen que sus tras­tornos no están buscados conscientemente como coartada porque sería muy difícil de simular un cuadro clínico de tanta riqueza, ex­presividad y contenidos. Resumen: enajenación mental completa. En cuanto a las posibilidades de cura, «no existe ninguna cuya indica­ción sea garantía de una evolución favorable».
Sin embargo, Javier Saavedra, el abogado de la familia de la víc­tima, asesorado por psiquiatras especialistas en casos de múltiple personalidad, sostiene que Javier es un psicópata dueño de todos sus actos. «Si hubiera encontrado junto a la víctima a un guardia civil, un psicótico habría cometido el crimen igualmente, pero Javier Ro­sado, no: él discernía el peligro. El psicótico puede ver perturbados sus sentidos afectivos, pero no es frío como el psicópata.»
Carlos Fernández Junquito, médico psiquiatra del Hospital Ge­neral Penitenciario, vio a Javier como una persona con la afectivi­dad prácticamente abolida. «Cierto día, estando presente en la en­trevista la psicóloga de la Unidad, le dijo: "Puede usted quedarse, es como el teléfono".»
Pero el psiquiatra Fernández Junquito le diagnosticó el 18 de oc­tubre de 1994, en el informe más breve de los tres elaborados, es­quizofrenia paranoide, algo que desecharon otros doctores.
Para el letrado Saavedra, Javier Rosado no sólo está exento de cualquier tipo de esquizofrenia sino que se trata de un psicópata res­ponsable y consciente de todo lo que hizo: «El lenguaje del psicópa­ta es estructurado, racional y lógico, como el de Javier; los psicópatas_ son seres racionales, muy manipuladores, engañan mucho, ambicio­nan el poder y para ello se valen del lenguaje, mientras que el psi­cótico pasa del poder. En el momento en que lo cogieron no es un psicótico, aunque después haya desarrollado una psicosis».
Javier se consideró impotente ante los psiquiatras para saber si él había cometido el crimen. Aseguró que si intentara averiguarlo se podía declarar dentro de su cabeza una guerra civil entre las razas, como la que sufrió con 17 años: «Hubo una rebelión en COU que fue la guerra de los Maras... fue cuando tuve el desengaño amoroso, mi depresión, Mara contra Fasein». Para investigar sobre aquel cri­men dijo que tendría que atravesar pasillos de su cerebro muy peli­grosos, porque hay razas que no dejan pasar a nadie por allí.
El 22 de junio de 1994 Javier salió esposado de la cárcel de Val­demoro para que lo examinara en los calabozos de la plaza de Cas­tilla un forense. En el trayecto del furgón a la cárcel, un redactor de El País le preguntó:
–Javier, ¿te arrepientes de lo que has hecho?
–Yo no he hecho nada –contestó con la cabeza gacha para eludir las fotos–, yo no he hecho nada.
Uno de los guardias civiles que lo custodiaban le levantó la cabe­za agarrándolo por la nuca y le dijo:
– ¿Que no has hecho nada, cabrón?
En la cárcel, algunos presos mucho más fornidos que él le respe­tan y le temen por el halo de inteligencia que le ha otorgado la pren­sa y sus partidas de ajedrez.
Pero su compañero Félix fue a parar a un pabellón de adultos donde los otros presos, en un alarde de originalidad, lo han bautiza­do con el alias de Niño.
Los psiquiatras Carrasco Gómez y Núñez Parra señalan que a pe­sar de todo Félix seguía admirando a Javier y se mostraba interesa­do por lo nuevo que podía estar escribiendo su amigo en prisión sobre Razas. «Ahora seguro que utiliza la raza 17, Wul, y la 18, la serpiente de lengua bífida, que intenta convencer haciendo daño a otros, implicar a otros para salvarse él mismo ... y es posible que Fa­sein pueda cortarse los dedos, Fasein es el que se automutila, que aprende con el sufrimiento, que se va cortando los dedos y va apren­diendo ... »
Félix a veces también duda de su personalidad: «No estoy seguro de haberlo hecho... pero quizás no fuera yo en ese momento... esta­ba muy identificado con Javier... me he metido en un lío... [sollozos], de una broma de matar a alguien nunca pensé que fuera a suceder lo que sucedió».
Mientras esperaban la sentencia del juez, Javier seguía jugando a sus Razas, inventando alguna de ellas basada en la persona de un policía que le interrogó, y Félix se entretenía con poemas como este que escribió antes del crimen:
Quiero romper las cadenas de la muerte
y volar por estepas infinitas
con un caballo de alas marchitas
cantando con el grito de un demente.
Pasarán estaciones pequeñitas
en el ritmo incesante de mi mente
con mi amargo recuerdo tan caliente
soñarán las mujeres más bonitas.
Mas te recuerdo y en mi memoria gritas.
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